En los pasillos del Hospital Regional de Comodoro Rivadavia, María de los Ángeles Aybar camina con una sonrisa que parece sencilla, pero que guarda décadas de historia. Hoy es payamédica, una de esas figuras que irrumpen con colores, humor y ternura en medio del dolor. Pero antes de ese presente, hubo otra escena, mucho más cruda: la de una joven enfermera atravesando los días de la Guerra de Malvinas.

Las ventanas se cubrieron, las salas cambiaron, las camas se redistribuyeron. Todo se adaptó para recibir a los soldados que comenzaban a llegar desde el sur. María trabajaba en neonatología, cuidando recién nacidos, pero de un día para el otro fue trasladada a otros sectores. La guerra no daba lugar a especialidades: todos tenían que hacer todo.

“Eran niños”, dice, sin dudar. Jóvenes heridos, asustados, cargando un dolor que no siempre se podía nombrar. Ella no era mucho mayor, pero igual sentía la necesidad de protegerlos. No desde la lástima, sino desde algo más profundo: la empatía.
Entre tantos recuerdos, hay uno que nunca se borró. Mientras curaba a un soldado que había perdido una mano, lo hacía con extremo cuidado, quizás dejando ver en el rostro lo que sentía. Entonces él, herido, fue quien la sostuvo a ella: “No le tenga miedo a mi patita de chancho”, le dijo. “Él me daba valor a mí”, cuenta hoy, y todavía se le quiebra la voz.
Los días se volvieron rutina en medio del caos. Pasillos llenos, camillas, colchones incluso en la capilla. El hospital respiraba guerra. Y sin embargo, había algo que sostenía todo: el vínculo. “Tenían necesidad de hablar, de contacto. Creo que se sintieron contenidos”, dice. Porque además de curar heridas físicas, había que acompañar silencios, miradas, angustias. El miedo estaba, claro. La incertidumbre también. Pero no había tiempo para detenerse en eso. “Era como ir a trabajar, pero en otra realidad”, resume.
Después, la guerra terminó. O al menos eso dijo la historia. Para quienes estuvieron ahí, algo quedó para siempre. María volvió a neonatología. Siguió trabajando durante décadas, hasta jubilarse. Pero nunca se fue del todo del hospital. “Yo nunca dejé de hacer lo que me gusta”, asegura en otro tramo de su charla con Jornada Radio. Y así, casi naturalmente, encontró otra forma de seguir cuidando: convertirse en payamédica.
Hoy su tarea no pasa por vendas ni curaciones, sino por algo igual de necesario: la contención emocional. “Es el abrazo, la sonrisa, el estar”, explica. Observa, escucha, acompaña. A veces una mirada alcanza. Dice que son situaciones distintas, pero hay algo que las une profundamente. “La empatía, la contención, eso nunca se fue”. Quizás por eso, cuando recorre nuevamente esos pasillos, no lo hace como alguien que volvió, sino como alguien que nunca se fue.


En los pasillos del Hospital Regional de Comodoro Rivadavia, María de los Ángeles Aybar camina con una sonrisa que parece sencilla, pero que guarda décadas de historia. Hoy es payamédica, una de esas figuras que irrumpen con colores, humor y ternura en medio del dolor. Pero antes de ese presente, hubo otra escena, mucho más cruda: la de una joven enfermera atravesando los días de la Guerra de Malvinas.

Las ventanas se cubrieron, las salas cambiaron, las camas se redistribuyeron. Todo se adaptó para recibir a los soldados que comenzaban a llegar desde el sur. María trabajaba en neonatología, cuidando recién nacidos, pero de un día para el otro fue trasladada a otros sectores. La guerra no daba lugar a especialidades: todos tenían que hacer todo.

“Eran niños”, dice, sin dudar. Jóvenes heridos, asustados, cargando un dolor que no siempre se podía nombrar. Ella no era mucho mayor, pero igual sentía la necesidad de protegerlos. No desde la lástima, sino desde algo más profundo: la empatía.
Entre tantos recuerdos, hay uno que nunca se borró. Mientras curaba a un soldado que había perdido una mano, lo hacía con extremo cuidado, quizás dejando ver en el rostro lo que sentía. Entonces él, herido, fue quien la sostuvo a ella: “No le tenga miedo a mi patita de chancho”, le dijo. “Él me daba valor a mí”, cuenta hoy, y todavía se le quiebra la voz.
Los días se volvieron rutina en medio del caos. Pasillos llenos, camillas, colchones incluso en la capilla. El hospital respiraba guerra. Y sin embargo, había algo que sostenía todo: el vínculo. “Tenían necesidad de hablar, de contacto. Creo que se sintieron contenidos”, dice. Porque además de curar heridas físicas, había que acompañar silencios, miradas, angustias. El miedo estaba, claro. La incertidumbre también. Pero no había tiempo para detenerse en eso. “Era como ir a trabajar, pero en otra realidad”, resume.
Después, la guerra terminó. O al menos eso dijo la historia. Para quienes estuvieron ahí, algo quedó para siempre. María volvió a neonatología. Siguió trabajando durante décadas, hasta jubilarse. Pero nunca se fue del todo del hospital. “Yo nunca dejé de hacer lo que me gusta”, asegura en otro tramo de su charla con Jornada Radio. Y así, casi naturalmente, encontró otra forma de seguir cuidando: convertirse en payamédica.
Hoy su tarea no pasa por vendas ni curaciones, sino por algo igual de necesario: la contención emocional. “Es el abrazo, la sonrisa, el estar”, explica. Observa, escucha, acompaña. A veces una mirada alcanza. Dice que son situaciones distintas, pero hay algo que las une profundamente. “La empatía, la contención, eso nunca se fue”. Quizás por eso, cuando recorre nuevamente esos pasillos, no lo hace como alguien que volvió, sino como alguien que nunca se fue.
